mayo 11, 2021

El cambio climático y la adaptación basada en ecosistemas en el Arrecife Mesoamericano

Por Mélina Soto, MenC (@HealthyReefsMéxico)

Nota vía Planeteando

El Sistema Arrecifal Mesoamericano, una riqueza compartida

Compartimos con nuestros vecinos de Belice, Guatemala y Honduras, una región ecológica muy importante: el Sistema Arrecifal Mesoamericano, o el SAM para los amigos. Esta ecoregión incluye extensos bosques de manglar, pastizales marinos y, por supuesto, arrecifes de coral. Los arrecifes de coral que lo componen bordean más de 1000 km lineales de costa, haciendo de este ecosistema transfronterizo uno de los arrecifes de coral más grandes del mundo. Alberga numerosas especies emblemáticas, protegidas y amenazadas como las tortugas y el tiburón ballena, así como especies de interés comercial como las langostas y los meros. Las comunidades costeras de esta zona dependen directamente de la salud de esta ecorregión por la belleza escénica de sus playas y aguas cristalinas, base de la actividad turística que genera billones de dólares al año, pero también por sus vínculos históricos que alimentan una colorida diversidad cultural y riqueza étnica.

Los diferentes servicios ecosistémicos de los arrecifes sanos, aquellos beneficios que nos brindan por el “simple” hecho de existir, son bien conocidos: desde la protección de las infraestructuras costeras ante las tormentas tropicales gracias a sus estructuras que forman barreras; la seguridad alimentaria de las comunidades donde la pesca artesanal de pequeña escala es la fuente principal de proteína y de ingreso ya que muchas especies viven y se reproducen en, o en la cercanía de, los arrecifes; hasta su belleza escénica, un atractivo turístico de importancia mundial. En efecto, se estima que los arrecifes del mundo -gracias a sus aguas claras, playas de arena blanca y organismos coloridos- generan unos 36 mil millones de dólares americanos a través del turismo. En la isla de Cozumel, se ha estimado que los arrecifes generan unos 5,493 millones de pesos gracias a los casi dos millones de visitantes anuales, pero si su degradación continua se estima que habría una pérdida de 1,500 millones de pesos anuales.

El cambio climático y la contaminación, dos graves amenazas al SAM y sus poblaciones.

Desafortunadamente, los arrecifes de coral están enfrentando graves amenazas, principalmente por el cambio climático global y la contaminación antropogénica (de causas humanas). El cambio climático provoca un calentamiento de las aguas superficiales del mar, estresando los corales de tal manera que pueden acabar “blanqueándose”, rompiendo la simbiosis que los une a unos dinoflagelados microscópicos que les benefician gracias a los metabolitos de su fotosíntesis, expulsando así una de sus principales fuentes de energía. Los corales que sufren este proceso se pueden morir, dejar de crecer o dejar de reproducirse, teniendo impactos muy graves para la salud del ecosistema entero. De la misma manera, el cambio climático causa la acidificación de los océanos, dificultando la tarea de los organismos que construyen su esqueleto con carbonato de calcio como los corales. El calentamiento superficial del mar genera también un aumento de la frecuencia y la fuerza de las tormentas tropicales, incrementando el riesgo a la costa y provocando que la estructura de los arrecifes se rompa con más frecuencia, disminuyendo su efecto de protección y fragmentando muchos organismos. El cambio climático y sus diferentes repercusiones se observan a escala mundial. A escala local o regional, la contaminación por fuentes humanas es una de las amenazas más graves que afectan a la vida marina. Por ejemplo, la falta de un manejo adecuado de nuestros consumos tierra adentro tiene como consecuencia que lleguen al mar un sinfín de contaminantes: bacterias fecales, fertilizantes, pesticidas, virus, plásticos de todos tipos y tamaños, especies invasoras etc., etc. Todas estas amenazas combinadas han conducido a una disminución drástica en la cobertura de coral vivo y una proliferación de macroalgas que aprovechan las aguas contaminadas para crecer y competir con los corales, asfixiándolos e impidiendo su desarrollo.

Las estrategias basadas en ecosistemas, una herramienta a nuestro alcance.

El cambio climático afecta a toda la humanidad, pero ciertas regiones, como la nuestra, son más vulnerables ante sus impactos. Una de las estrategias para enfrentar esta nueva realidad es la mitigación y la adaptación basada en los ecosistemas (AbE), que intenta disminuir los impactos de y buscar alternativas ante el cambio climático utilizando la biodiversidad y los ecosistemas. Y allí nuestra región sí que es muy rica y llena de oportunidades. Los arrecifes, los pastizales marinos, los manglares y el acuífero subterráneo kárstico están íntimamente vinculados y brindan muchos servicios de mitigación y adaptación. En Quintana Roo, se está llevando a cabo un proyecto innovador donde los arrecifes están asegurados para así financiar su restauración activa y rescatar su cobertura, manteniendo el servicio de protección a la costa, hábitat de especies y belleza para el futuro. Los manglares y pastos marinos tienen un potencial muy alto para almacenar CO2 de la atmósfera y mitigar el cambio climático, a este carbón secuestrado se le llama “carbono azul” y en el SAM tenemos millones de hectáreas de estos ecosistemas. El manejar de manera integral nuestra zona costera, el preservar corredores de selva para asegurar la recarga de nuestros acuíferos, el restaurar las dunas, proteger las zonas y temporadas de reproducción de las especies de las cuales dependemos, respetar las zonas inundables y muchas más, son excelentes estrategias “AbE” que tenemos a nuestro alcance gracias a nuestra rica biodiversidad.

Desafortunadamente, falta mucho más por hacer, las iniciativas están aún muy aisladas y se enfrentan con otros tipos de intereses que causan el deterioro de nuestros ecosistemas, clave para nuestra sobrevivencia. La deforestación y cambio de uso de suelo de selvas y manglares, la destrucción sistemática de las dunas, la corrupción, la falta de un marco regulatorio actualizado y adaptado a los ecosistemas locales para limitar los contaminantes, la falta de infraestructura para el tratamiento de las aguas residuales (solamente el 30% de las aguas residuales de México están siendo tratadas) y la poca voluntad política general son quizás las más graves amenazas que enfrenta nuestro Sistema Arrecifal Mesoamericano.

Requerimos un cambio urgente, si el COVID-19 nos ha enseñado algo, es que la destrucción de la biodiversidad puede tener impactos a escala global sin precedentes. ¿Estamos convencidos ya de que la naturaleza es nuestra mejor aliada y nuestra mejor inversión? ¿O preferimos seguir esperando a que su destrucción se vuelva nuestra ruina?