mayo 19, 2021

De lo aprendido y lo ganado

Por Santiago Maza (@Bonito_Palabro)

Si el narcisismo que hoy en día vive la humanidad es un fórmula 1, la pandemia resultó la parada en pits. En las múltiples pantallas que nos envuelven cada vez más aprendemos, interactuamos, nos relajamos y nos entendemos como los magnos protagonistas de la vida. Pero ahora la bandera que nos llama a salir a nuestro carril en la pista vuelve a ondear; y para retomar el desarrollo –el económico pues– el sistema nos embala en su monoplaza insigne: el individualismo.

Esté quien esté “arriba” –desde los omnipresentes hasta los innombrables–, hoy sabemos que el cambio no vendrá espontáneamente de ellos, de allá arriba. Sin embargo, se nos instruye desde las alturas la convicción de que en cada uno de nosotros está la ruta de escape de esta urgencia ambiental a la que llegamos, pareciera que o por muy mala suerte, o por ser hijos y nietos de una humanidad inconsciente.

Considero que la respuesta a este dilema sí está en nosotros; pero no como individuos, sino en plural: en todos nosotros. Las cadenas virtuosas que nos unen y que hoy yacen invisibles deben ser materializadas. Hay que hacer de las comunidades a las que pertenecemos agrupaciones conscientes; a través de las cuales podamos exigir que se respete, por encima de todo criterio, la armonía ambiental.

A lo largo del rodaje de El tema conocí a un sinfín de personas excepcionales. De ellas continúo asimilando un montón de lecciones, pero de las más importantes no estuvo en el qué sino en el cómo. Fue emocionante poder relacionarme con grupos de personas que se arriesgan y apuestan por el volantazo que nos saque de esta recta hacia la devastación. Y lo que inspira a querer estar cerca de estas familias, pandillas, peñas y hermandades defensoras del territorio es que todos ellos montan estas proezas con inmensa gracia, con una alegría combativa que se contagia. El afamado rescate no es una misión marcial. Es un estilo de vida, con botanas y siestas incluidas.

Yásnaya afirma: “El bien individual, que tú crees que es individual, depende del bien común.” Y escuchando esta patente verdad, uno quiere creer que es algo que nunca se nos olvidó en tan acelerada carrera. Recordemos que somos tejido; para que en pertenecer, seamos.

 

 

Aisladas, las acciones y las personas, renuncian a su máximo potencial. Lo que se ejecuta en casa es elemental, pero es sólo el primer paso de un proceso que ha de apuntar a lo comunal. Es ahí donde el vecino, el colega y hasta el recién conocido funcionan como catalizadores recíprocos. Es ahí donde la suma de las voces se convierte en un megáfono imposible de ignorar.

No llegamos aquí por una mala tirada de dados, ni por ignorar las cadenas de correos que invocan mal augurio de quedar desatendidas. Existen intereses y doctrinas que para disimular su codicia se disfrazan y hacen de astuta señalética subliminal en esta carretera con libramiento al carajo. Es hacia ellos donde hay que apuntar la bocina.

Estamos ante una emergencia palpable y discursiva. Hay tanto por hacer como por imaginar. Es clave ponernos serios a la hora de soñar un mundo en el que nuestra realización no esté basada en la expansión de egos, propiedades, fortunas o prestigio. De ahí que celebro a los defensores y activistas que conocí; más los que me faltan y, sobre todo, a los que hoy nos faltan. Veo en ellos una suma de cosmovisiones –propias y ajenas, milenarias e inéditas– que construyen identidades que se realizan donde los individualistas sólo ven carencia o sacrificio.

No tiene caso hablar de tiempos más simples. No hay propósito en el berrinche que se defiende en que pudo haber sido distinto, o que a nuestros viejos les fue mejor. Aprendamos a compartir las acciones que nos desafían con entrega y alegría. Hay muchas y muchos allá afuera que ya están poniendo el ejemplo. Hay que cambiar ya y hay que cambiar para siempre.

 

Dedicado a los que dieron la vida por un mundo más justo, más sensato y más verde.